EL COMUNISMO DE LAS MISIONES La Compañía de Jesús en el Paraguay

Escrito por Blas Garay

PRÓLOGO
 
 por Silvano Mosqueira
I- ESTABLECIMIENTO DE LOS JESUITAS EN EL PARAGUAY.
Sumario: Estado de la conquista al ser llamada la Compañía de Jesús.– Las encomiendas.– Escasez de religiosos.– Primeras cosechas espirituales de los jesuitas.– Circunstancias que favorecieron sus progresos.– Dificultad resultante de la lengua.– Medios que les valieron para la fundación de sus pueblos.– Decadencia de su fervor apostólico.– Dos periodos que pueden señalarse en la. historia de la Compañía en el Paraguay.
 
II- DESCRIPCIÓN DEL GOBIERNO ESTABLECIDO POR LOSJESUITAS EN SUS REDUCCIONES.
Sumario: El territorio en que situaron sus pueblos.– Uniformidad de todos en su reglamentación y en lo material.– Intervención de los Padres en la vida íntima de los neófitos.– La que llevaban los doctrineros: su sospechosa moralidad.– Falansterios en que habitaban los indios: vicios de ésta y otras causas provenientes.– Gobierno de las reducciones: falta de enseñanza cristiana de los guaraníes: frialdad religiosa de los jesuitas: primacía de lo temporal.– Rivalidades, disputas y murmuraciones que ocurrían entre los curas de una misma doctrina o de doctrinas diferentes.– Su austeridad primitiva.– Regalado trato que después se daban.– Su aislamiento y ostentación con que se mostraban en público. – Asistencia de los indígenas ala iglesia.– Matrimonios.– Inmoralidad profunda de los catecúmenos.– Igualdad absoluta en que eran mantenidos: universalidad del trabajo: exceso en él.– División de las tierras para la agricultura: la labranza de la comunidady el Tupambaé.– Propiedad privada: su establecimiento: cómo la hicieron imposible los jesuitas: abusos que cometían contra sus neófitos.– Otras industrias: su adelanto. – La yerba mate: crueles condiciones de su beneficio:claudicación de los jesuitas en este respecto.– Yerbales artificiales.– Riqueza ganadera de las Misiones – La indumentaria de los guaraníes y de sus doctrineros.– Crecido comercio que hacían los Padres: ventajas con que para él contaban.– Ruina consiguiente del comercio paraguayo.– Las tiendas de la Compañía.– Ganancia que sacaban de sus reducciones.– Soborno de los Gobernadores y Obispos.– El lujo del culto.– Enseñanza dada a los indígenas. – Prohibición del castellano.– Hospitales.– Casas de recogidos.– Independencia de los Padres.– Gobierno interior de sus pueblos.– Su barbarie los castigos. – Organización militar que dieron a las doctrinas.– Abolición del servicio personal en favor de los indios jesuíticos. – Ficticio tributo equivalente,– Cómo se componían los Padres para no pagarlo. – Exención de impuestos en favor de la Compañía.
III- EXPULSIÓN DE LOS JESUITAS
Sumario: Tratado de límites de 1750 entre España y Portugal.– Manejos de los doctrineros para impedir su ejecución.– Rebelión de los guaraníes que provocaron.– Complicidad del confesor de S. M. con los jesuitas.– Campaña emprendida contra los rebeldes por los ejércitos combinados de España y Portugal.– Derrota de los guaraníes.– Desgracia en que cae la Compañía por estos sucesos.– Circunstancias adversas que a ellos se agregan.– Expulsión dela Orden de Portugal y Francia.– Decreto de extrañamiento de los dominios españoles.– Su pacífica ejecución.– Nuevo régimen á que fueron sometidas las doctrinas.– Su decadencia y causas de ella.– Originalidad del gobierno establecido en sus Misiones por los jesuitas: error de MM. Raynal y Laveleye.
BIBLIOTECA PARAGUAYA DEL CENTRO E. DE DERECHO
 
BLAS GARAY EL COMUNISMO DE LAS MISIONES
 
La Compañía de Jesús en el Paraguay
 
Prólogo de Silvano Mosqueira
 
ASUNCIÓN DEL PARAGUAY
 
Librería LA MUNDIAL
 
Estrella esq. Montevideo 1921
 
PRÓLOGO BLAS GARAYLas “Reducciones” jesuitas del Paraguay: ¿Qué nos pueden ...
Garay fue uno de los cerebros más robustos de su generación.
 
Desde los primeros años de su vida de estudiante púsose de relieve la superioridad de
 
su hermosa inteligencia.
 
Su carrera la hizo rápidamente, recibiendo su título académico a la edad deveintidós años.
 
En el colegio y en la universidad dejó huella imborrable de su intelectualidad sobresaliente. Los libros que caían en sus manos eran devorados con pasión.
 
No pareciera sino que él tuviese una secreta intuición de que su paso a través de la existencia sería excesivamente fugaz, dada su febril ansiedad por aprenderlo todo y almacenar conocimientos en las vastas cavidades de sus casillas cerebrales.
A una sagacidad y perspicacia para penetrar los misterios de nuestra turbia política,unía Garay una finura en el decir, un pulimento en el arte de herir, que era el secreto de su éxito. El estilo grueso que sólo impresiona a gente iliterata, a lectores de pasquines irresponsables, él desdeñaba. No manejaba la maza que aplasta y llena de barro, sino el florete que destila sangre sin manchar el guante blanco del combatiente.
 
No por ser más pulido en el decir era menos intensa la herida que causaba. Al contrario. Precisamente por la suavidad en el lenguaje sus ataques llegaban al corazón del adversario. ¡Y con que valentía, con qué coraje dirigía sus golpes certeros! De cuando en cuando se le escapaba una de esas ironías crueles, de esas carcajadas picantes, a lo Voltaire, que cubría de ridículo a la víctima. Una sonrisa maliciosa de Garay hería tanto y tan indeleblemente como sus más rajantes artículos de combate.
 
La Prensa
desempeñó una misión histórica importante. Moralizó la administración pública, puso un control saludable a los que manejaban caudales del estado, hizo respetar los fueros del periodismo y declaró guerra sin cuartel a los defraudadores.
 
En los asuntos de orden internacional era el fiel intérprete del sentimiento público.Sus conclusiones reflejaban los vehementes anhelos de la nación. El paraguayo hallabaen las columnas de
La Prensa
alimentos con que fortalecer su civismo.
 
Comprendiendo el papel importante que desempeña la campaña en el desenvolvimiento del progreso de la república y como una reacción contra la añeja costumbre de mirarla con desdén, el doctor Garay dirigió sus vistas hacia ella y empezó sus giras por Villa Concepción y Villa del Pilar, dispuesto a estudiar sus necesidades y aconsejar todas aquellas medidas reclamadas como una exigencia de su progreso.
 
Publicó en animadas páginas sus impresiones de viaje, fecundas en observacionesatinadas, donde se vislumbran las vastas proyecciones de su programa periodístico.
Empeñado hallá base en esa obra de indiscutible utilidad nacional cuando una bala homicida le arrebató a la vida, cortando su brillante carrera en mitad de la jornada.
 
Su muerte cubrió de fúnebre crespón el civismo paraguayo; de un extremo al otrode la república vertiéronse lágrimas de duelo a su memoria; dejó un vacío hasta ahorano llenado en las filas de los luchadores infatigables y su nombre quedó en todos loslabios como raro ejemplo de cívica altivez.
 
Su entierro adquirió las proporciones de un duelo nacional; amigos y enemigos deploraron su trágica y temprana desaparición; el diario que ilustrara con las creaciones de su potente cerebro enlutó sus columnas y publicó en su honor las colaboraciones de los primeros intelectuales de la república, que deploraron su muerte como una desgracia irreparable.
 
Compañeros de causa y adversarios en política derramaron a su memoria las floresmás preciadas de su ingenio. Ante su tumba callaron las pasiones enconadas y sólohubo palabras de elogio y de aplauso a sus eminentes virtudes ciudadanas.
 
De esa corona fúnebre vamos a extractar algunos párrafos conceptuosos con que eldelicado ingenio del eminente don Manuel Gondra, exterioriza su admiración hacia elilustre muerto:
 
 _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _
 
«Hay espíritus que son como los llanos. Aún no alto el sol de la existencia y ya los muestra a la mirada perspicaz hasta en sus más lejanas proyecciones, pero otros como gigantes cordilleras no rinden todos sus tributos sino a la claridad meridional. El doctor Garay fue de estos últimos; su alma tenía culminaciones de montaña. La elevación de ésta le dio su talento, pero no hemos conocido sino una de sus vertientes; la otra ha quedado en las sombras porque el sol se ha detenido cuando se iba acercando al meridiano.
 
 _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _
 
«Lo que tengo en el espíritu con la evidencia de una realidad, es que ya en días deluto o regocijo, de gloria o de ignominia para la república, el doctor Garay estaba llamado a llenar muchas páginas de sus anales futuros. Había en él la poderosa virtualidad de los que hacen historia.
 _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _
 
«Garay hubiera sido un gran historiador y uno de los más ilustres escritores de Sud América. En sus últimos tiempos produjo páginas que para mi, habían llegado a la perfección dentro del clasicismo español. Carta satírica hay suya que ha de alternar con las más notables que puedan señalarse dentro de toda la literatura de nuestra lengua, por el ingenio, la sal ática y una maravillosa maestría en el decir.
 
¡Qué gran escritor era!
 
¡Cuánto ha perdido el país y las letras de la América latina!
 
«Más, aún admirando las magnificencias que nos ha ofrecido la falda del empinadomonte que el sol iluminó, pienso con mayor dolor en las bellezas invisibles de la faldade la montaña que ha quedado al lado de la sombra.»
 
Pensamos en un todo de acuerdo con el eximio aunque infecundo maestro literario de la juventud paraguaya. Creemos que en Garay había culminaciones de montaña;que era de los hombres llamados a hacer 
historia y que por grandes que hayan sido los servicios prestados a la república, durante su corta pero luminosa existencia, mayores eran los que se esperaban de las irradiaciones de su talento superior.
 
En Garay se ha perdido un maestro del bien decir, un apasionado de la corrección de forma, que andando el tiempo hubiera llegado a ser el cronista insuperable de los anales patrios. Los episodios de nuestra homérica lucha han perdido en él un narrador correcto y ameno, que les hubiera dado, en las páginas del libro, imperecedera celebridad. La literatura paraguaya perdió una pluma de oro llamada a conquistarle un puesto de honor en los areópagos del pensamiento americano.
En nuestras disensiones democráticas su desaparición ha dejado un vacío difícil dellenarse. Garay era un carácter fuerte, un espíritu de lucha, templado en el fuego degraníticas pasiones. Era una gran energía combatiente, que se retemplaba en lasasperezas de la lucha. Con media docena de repúblicos de su talla, de su altivez cívicano habría situación de fuerza que no pudiera demolerse.
 
Sus ideales como paraguayo no admitían enmienda, porque eran la última palabra del patriotismo. Sentía veneración por los veteranos de la guerra, porque creía que la gloria más nítida de las armas paraguayas era la conquistada en la lucha con la Triple Alianza, y que esa lucha fue la que dio al nombre del Paraguay resonancia universal.Garay se hubiera mofado durante toda su vida de aquel que pretendiese escupir a esa página de luz que brillará con más intensidad a medida que los años pasen. Cualquier lunar de su vida política queda para nosotros eclipsado ante el resplandor de sus ideales ultra paraguayistas. En este sentido le considerábamos absolutamente incorruptible y teníamos una fe completa en su integridad cívica. Su orgullo como ciudadano no tenía límites y si hubiera podido volver a nacer, creemos que de buen grado hubiera elegido para ello los fértiles campos del Paraguay. El sentimiento de nacionalidad primaba en Garay sobre toda otra consideración. Su fervor patriótico no reconocía rival. El ser paraguayo era para él título de honor, y lo invocaba con cualquier pretexto, con soberano orgullo. De paso a Europa en 1896, y habiendo visto con profusión los retratos del general Alberto Capdevila expuestos en los escaparates de las casas comerciales de la calle Florida, en Buenos Aires, decía al autor de
Mi Misión a Río de Janeiro:
«que era consolador ver, en la circunstancia actual, dedecadencia de nuestro país, que el reorganizador del ejército argentino fueraparaguayo, en vez de algún alemán, como sucede en Chile; y que al mismo tiempo,uno de sus primeros marinos, el capitán de navío García Domecq, fuera tambiéncompatriota nuestro.»
 
Los hombres como Blas Garay desempeñan un papel irreemplazable en estasdemocracias en formación. Son entidades necesarias en estas sociedadesembrionarias, donde la hipocresía y el disimulo – que son la característica de lacobardía moral – forman la regla general en los caracteres.
 
Estos pueblos necesitan de espíritus combatientes que agitan el alma de las multitudes, de hombres valerosos para exteriorizar sus pensamientos, de soldados de un ideal,
no de los caracteres gomosos, acomodaticios, que envueltos en su olímpico egoísmo, todo lo contemplan con indiferencia y no se inmutan ante el hundimiento mismo de la nacionalidad.
 
Una inteligencia y un carácter representan una potencia en cualquier país de latierra.
 
Julio César, después le Farsalia – dueño de los destinos del universo – no creíarebajar su púrpura imperial visitando, como un homenaje al genio, en su villa deRoma, a Cicerón, a quien acababa de vencer entre las huestes de Pompeyo.
 
Napoleón, en el apogeo de sus triunfos militares, dictando su voluntad a lasnaciones sojuzgadas procuraba solícito la amistad de Chateaubriand, llenándole deexquisitas consideraciones, y hubo época en que se cuidaba tanto de los ataques de supluma como del fuego de los cañones de la Europa coligada.
 
Sarmiento en la República Argentina confesaba que durante cuarenta años había sido periodista de combate, y que a pesar de connaturalizarse con los ataques diarios de sus implacables adversarios, el último artículo levantaba siempre roncha en su epidermis encallecida. Daba prelación en la lectura a los periódicos que con más encarnizamiento le herían. Siendo Jefe de estado no desdeñaba descender a la arena del combate a recoger el guante que sus enemigos le arrojaban. El funcionario desleal que finge reírse de los ataques de una hoja de publicidad, es un desgraciado que se engaña a sí mismo. Los tipos de imprenta hieren mas dolorosamente que la aguda punta de un puñal.
A una sagacidad y perspicacia para penetrar los misterios de nuestra turbia política,unía Garay una finura en el decir, un pulimento en el arte de herir, que era el secretode su éxito. El estilo grueso que sólo impresiona a gente iliterata, a lectores depasquines irresponsables, él desdeñaba. No manejaba la maza que aplasta y llena debarro, sino el florete que destila sangre sin manchar el guante blanco del combatiente.
 
No por ser más pulido en el decir era menos intensa la herida que causaba. Al contrario. Precisamente por la suavidad en el lenguaje sus ataques llegaban al corazón del adversario. ¡Y con que valentía, con qué coraje dirigía sus golpes certeros! De cuando en cuando se le escapaba una de esas ironías crueles, de esas carcajadas picantes, a lo Voltaire, que cubría de ridículo a la víctima. Una sonrisa maliciosa deGaray hería tanto y tan indeleblemente como sus más rajantes artículos de combate.
 
La Prensa
desempeñó una misión histórica importante. Moralizó la administración pública, puso un control saludable a los que manejaban caudales del estado, hizo respetar los fueros del periodismo y declaró guerra sin cuartel a los defraudadores.
 
En los asuntos de orden internacional era el fiel intérprete del sentimiento público.Sus conclusiones reflejaban los vehementes anhelos de la nación. El paraguayo hallabaen las columnas de La Prensa alimentos con que fortalecer su civismo.
 
Comprendiendo el papel importante que desempeña la campaña en el desenvolvimiento del progreso de la república y como una reacción contra la añeja costumbre de mirarla con desdén, el doctor Garay dirigió sus vistas hacia ella y empezó sus giras por Villa Concepción y Villa del Pilar, dispuesto a estudiar sus necesidades y aconsejar todas aquellas medidas reclamadas como una exigencia de su progreso.
 
Publicó en animadas páginas sus impresiones de viaje, fecundas en observacionesatinadas, donde se vislumbran las vastas proyecciones de su programa periodístico.
Empeñado hallábase en esa obra de indiscutible utilidad nacional cuando una balahomicida le arrebató a la vida, cortando su brillante carrera en mitad de la jornada.
 
Su muerte cubrió de fúnebre crespón el civismo paraguayo; de un extremo al otrode la república vertiéronse lágrimas de duelo a su memoria; dejó un vacío hasta ahorano llenado en las filas de los luchadores infatigables y su nombre quedó en todos loslabios como raro ejemplo de cívica altivez.
 
Su entierro adquirió las proporciones de un duelo nacional; amigos y enemigosdeploraron su trágica y temprana desaparición; el diario que ilustrara con lascreaciones de su potente cerebro enlutó sus columnas y publicó en su honor lascolaboraciones de los primeros intelectuales de la república, que deploraron su muertecomo una desgracia irreparable.
 
Compañeros de causa y adversarios en política derramaron a su memoria las floresmás preciadas de su ingenio. Ante su tumba callaron las pasiones enconadas y sólohubo palabras de elogio y de aplauso a sus eminentes virtudes ciudadanas.
 
De esa corona fúnebre vamos a extractar algunos párrafos conceptuosos con que eldelicado ingenio del eminente don Manuel Gondra, exterioriza su admiración hacia elilustre muerto:
 _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _
 
«Hay espíritus que son como los llanos. Aún no alto el sol de la existencia y ya los muestra a la mirada perspicaz hasta en sus más lejanas proyecciones, pero otros como gigantes cordilleras no rinden todos sus tributos sino a la claridad meridional. El doctor Garay fue de estos últimos; su alma tenía culminaciones de montaña. La elevación de ésta le dio su talento, pero no hemos conocido sino una de sus vertientes; la otra haquedado en las sombras porque el sol se ha detenido cuando se iba acercando al meridiano.
 _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _
 
«Lo que tengo en el espíritu con la evidencia de una realidad, es que ya en días de luto o regocijo, de gloria o de ignominia para la república, el doctor Garay estaba llamado a llenar muchas páginas de sus anales futuros. Había en él la poderosa virtualidad de los que hacen historia.
  _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _
 
«Garay hubiera sido un gran historiador y uno de los más ilustres escritores de Sud América. En sus últimos tiempos produjo páginas que para mi, habían llegado a la perfección dentro del clasicismo español. Carta satírica hay suya que ha de alternar con las más notables que puedan señalarse dentro de toda la literatura de nuestra lengua, por el ingenio, la sal ática y una maravillosa maestría en el decir.
 
¡Qué gran escritor era!
 
¡Cuánto ha perdido el país y las letras de la América latina!
 
«Más, aún admirando las magnificencias que nos ha ofrecido la falda del empinadomonte que el sol iluminó, pienso con mayor dolor en las bellezas invisibles de la faldade la montaña que ha quedado al lado de la sombra.»
 
Pensamos en un todo de acuerdo con el eximio aunque infecundo maestro literariode la juventud paraguaya. Creemos que en Garay había culminaciones de montaña;que era de los hombres llamados a hacer 
historia y que por grandes que hayan sido los servicios prestados a la república, durante su corta pero luminosa existencia, mayores eran los que se esperaban de las irradiaciones de su talento superior.
 
En Garay se ha perdido un maestro del bien decir, un apasionado de la corrección de forma, que andando el tiempo hubiera llegado a ser el cronista insuperable de los anales patrios. Los episodios de nuestra homérica lucha han perdido en él un narrador correcto y ameno, que les hubiera dado, en las páginas del libro, imperecedera celebridad. La literatura paraguaya perdió una pluma de oro llamada a conquistarle un puesto de honor en los areópagos del pensamiento americano
En nuestras disensiones democráticas su desaparición ha dejado un vacío difícil dellenarse. Garay era un carácter fuerte, un espíritu de lucha, templado en el fuego degraníticas pasiones. Era una gran energía combatiente, que se retemplaba en lasasperezas de la lucha. Con media docena de repúblicos de su talla, de su altivez cívicano habría situación de fuerza que no pudiera demolerse.
 
Sus ideales como paraguayo no admitían enmienda, porque eran la última palabra del patriotismo. Sentía veneración por los veteranos de la guerra, porque creía que la gloria más nítida de las armas paraguayas era la conquistada en la lucha con la Triple Alianza, y que esa lucha fue la que dio al nombre del Paraguay resonancia universal.Garay se hubiera mofado durante toda su vida de aquel que pretendiese escupir a esa página de luz que brillará con más intensidad a medida que los años pasen. Cualquier lunar de su vida política queda para nosotros eclipsado ante el resplandor de sus ideales ultra paraguayistas. En este sentido le considerábamos absolutamente incorruptible y teníamos una fe completa en su integridad cívica. Su orgullo como ciudadano no tenía límites y si hubiera podido volver a nacer, creemos que de buen grado hubiera elegido para ello los fértiles campos del Paraguay. El sentimiento de nacionalidad primaba en Garay sobre toda otra consideración. Su fervor patriótico no reconocía rival. El ser paraguayo era para él título de honor, y lo invocaba con cualquier pretexto, con soberano orgullo. De paso a Europa en 1896, y habiendo visto con profusión los retratos del general Alberto Capdevila expuestos en los escaparates de las casas comerciales de la calle Florida, en Buenos Aires, decía al autor de
Mi Misión a Río de Janeiro:
«que era consolador ver, en la circunstancia actual, de decadencia de nuestro país, que el reorganizador del ejército argentino fuera paraguayo, en vez de algún alemán, como sucede en Chile; y que al mismo tiempo,uno de sus primeros marinos, el capitán de navío García Domecq, fuera también compatriota nuestro.»
Los hombres como Blas Garay desempeñan un papel irreemplazable en estas democracias en formación. Son entidades necesarias en estas sociedades embrionarias, donde la hipocresía y el disimulo – que son la característica de la cobardía moral – forman la regla general en los caracteres.
 
Estos pueblos necesitan de espíritus combatientes que agitan el alma de las multitudes, de hombres valerosos para exteriorizar sus pensamientos, de soldados de un ideal,
no de los caracteres gomosos, acomodaticios, que envueltos en su olímpico egoísmo, todo lo contemplan con indiferencia y no se inmutan ante el hundimiento mismo de la nacionalidad.
A una sagacidad y perspicacia para penetrar los misterios de nuestra turbia política,unía Garay una finura en el decir, un pulimento en el arte de herir, que era el secreto de su éxito. El estilo grueso que sólo impresiona a gente iliterata, a lectores de pasquines irresponsables, él desdeñaba. No manejaba la maza que aplasta y llena de barro, sino el florete que destila sangre sin manchar el guante blanco del combatiente.
 
«Lo que tengo en el espíritu con la evidencia de una realidad, es que ya en días deluto o regocijo, de gloria o de ignominia para la república, el doctor Garay estaba llamado a llenar muchas páginas de sus anales futuros. Había en él la poderosa virtualidad de los que hacen historia.
 _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _
 
«Garay hubiera sido un gran historiador y uno de los más ilustres escritores de Sud América. En sus últimos tiempos produjo páginas que para mi, habían llegado a la perfección dentro del clasicismo español. Carta satírica hay suya que ha de alternar con las más notables que puedan señalarse dentro de toda la literatura de nuestra lengua, por el ingenio, la sal ática y una maravillosa maestría en el decir.
 
Garay buscó entre sus compañeros la consideración debida a sus altos merecimientos, y no la halló. El poder de su brillante inteligencia era desdeñado lastimosamente. En un ambiente materializado por la intriga y la adulación, la idea se cotizaba a un precio vil.
 
Entonces bajó a la prensa, empuñó el látigo vengador y castigó a los delincuentessin piedad. Los rayos de su cólera patricia descargaban sus ímpetus sobre la cabeza delos transgresores de la ley.
La Prensa
fue el Sinaí que anunciaba, políticamente, laaurora de una nueva redención.
 
Su pluma de polemista ha causado mutilaciones dolorosas en la reputación de los que caían bajo los dardos de su crítica cortante. ¡Aquellos que recibieron su marca indeleble todavía le recuerdan con pavor!
 
Su campaña periodística enalteció su nombre, depurándole de infantiles extravíos, ysu trágica desaparición en plena primavera de la vida, como soldado al pie de subandera,– rodeándole de la aureola del martirio – magnificó su figura, elevándola alpináculo de la celebridad. Cayó en su puesto de honor, con la enseña del ideal en lamano, desafiando impávido las tormentas de las pasiones que se desencadenaban asus pies.
 
La primera falda de la montaña de su vida sólo nos ha ofrecido claridades deaurora, destellos de creaciones luminosas, y la ladera opuesta ha quedado envuelta enel misterio insondable, en la perdurable incógnita de lo desconocido.
 SILVANO MOSQUEIRA
BLAS GARAY
 
EL COMUNISMO DE LAS MISIONES
 
La Compañía de Jesús en el Paraguay
 
I
 
ESTABLECIMIENTO DE LOS JESUITAS
 
EN EL PARAGUAY
 

Iba ya transcurrido medio siglo desde que, remontando Ayolas el río Paraguay,comenzó la conquista de este país al Rey de España y a la religión católica. Enconadasy sangrientas luchas habíanse sin interrupción sucedido desde entonces, ora contra losnaturales, guaraníes y no guaraníes, mal avenidos con la extranjera dominación, oraentre los partidos en que muy pronto los españoles se dividieron. Por efecto de estasdiscordias intestinas, que no podían por menos de relajar la subordinación de losindígenas y alentarlos a que movieran sus armas contra el intruso; por causa del valorcon que defendían su nativa libertad, y por el olvido y abandono completísimos en quedejó la corte a la nueva colonia, así que comprendió que no debía esperar de ella lasmontañas de oro que el pomposo nombre de Río de la Plata prometiese, y acasotambién porque ya no quedaran capitanes del temple de los Irala y de los Garay,aquella conquista, bajo tan felices auspicios comenzada, poco menos se hallaba que enruina irreparable. El gran talento administrativo de Irala habíale sugerido recursos conque proseguirla y medios para recompensar a sus esforzados compañeros en lainstitución de las encomiendas aprobadas después por el Rey; pero los censos quesobre los españoles pesaban eran muchos; la fatiga militar continua é inevitable;mezquino el provecho de las encomiendas, y grandes y estrechas las obligaciones a suusufructo anexas, por donde pronto llegó a faltar aun este aliciente para las empresas guerreras, pues si había quienes apeteciesen el servicio de los indios, era en muchosmayor el horror a los trabajos que costaba ganarle y conservarle, y no pocos lerenunciaban en favor de la corona(2).

Tareas del Colegio - Introducción
Dos clases existían de encomiendas: de yanaconas u originarios, y de mitayos.Componíanse las primeras de los pueblos sojuzgados por el esfuerzo individual, y losque las perteneciesen estaban obligados a cultivar las tierras de sus encomenderos, acazar y a pescar para ellos. Parecíase su condición a la de los siervos, y el deber detrabajar para sus dueños no reconocía limitaciones de edad ni de sexo, ni ninguna otraque la voluntad de los amos, bien que la servidumbre fuese endulzada generalmentepor la bondad de éstos, que tenían la obligación de protegerlos y de instruirlos en lareligión cristiana, poniéndoles doctrinero a sus expensas, y carecían de facultad paravenderlos, maltratarlos ni abandonarlos por mala conducta, enfermedad ó vejez.
 
Más apacible la situación de los mitayos, formados de tribus voluntariamente sometidas ó de las que lo eran por las armas reales. Cuando alguna entraba así en el dominio español, se la obligaba a designar el sitio en donde prefería establecerse, y sus miembros eran distribuidos en secciones sujetas a jefes de su propia elección y provistas de doctrineros, a quienes mantenían y por quienes se les inculcaban los rudimentos de la fe católica. Cada una de estas secciones constituía una encomienda mi taya, cuyo propietario tenía el derecho de hacer trabajar en su beneficio durante dos meses del año a los varones de diez y ocho a cincuenta, libres después de emplear a su placer todo el resto del tiempo. Unas y otras encomiendas eran anualmente visitadas por el jefe superior de la provincia para escuchar las quejas de los indios y poner remedio a los abusos que contra ellos se cometiesen(3).
 
Pero si no era floreciente el estado de la conquista material del territorio, eralomucho menos el de la espiritual por la gran penuria de religiosos. Siete u ochociudades españolas había ya fundadas y cosa de cuarenta pueblos de indios, sin que

 hubiese para la cura de almas de grey tan dilatada más que veinte clérigos, incluso el Obispo, y de ellos solos dos que entendieran el idioma, los cuales, no obstante su diligencia y buen deseo, conseguían mezquina cosecha de neófitos(4). No es de extrañar, pues, que cuando en 1588(5)llegaron por primera vez los jesuitas al Paraguay, fuese su advenimiento celebrado como dichosísimo suceso, y que la ciudades costease la Iglesia y el Colegio.

 
Muy copiosos debieron de ser, a creer en los historiógrafos y cronistas de la Orden,los frutos recogidos por los primeros Padres que entraron en la provincia: millares de indígenas diariamente cedían a la persuasiva y cristiana palabra de los nuevos apóstoles, obrándose por virtud de sobrenatural milagro aquella transmisión y percepción de los más sublimes é intrincados dogmas de nuestro credo, sin que bastara a impedirla ni aun a dificultarla, no ya lo abstruso de éstos, ni siquiera la recíproca ignorancia de la lengua que unos y otros hablaban: tal prodigio fue, en aquellas épocas privilegiadas, frecuente, y abundan en relatos de él los historiadores de la familia de los Techo, Lozano, Guevara, Charlevoix y los misioneros autores de lasque se publicaron entre las Cartas edificantes
Pero para rebajar lo debido en estas entusiastas alabanzas y exageraciones de laobra propia, tenemos el sereno testimonio de la Historia. Y el hecho históricamentecomprobado es que, a despecho de los triunfos que por los Padres y sus adeptos sehan cantado, cuando en 1604(6)el Padre Aquaviva, General de la Orden, creó laprovincia del Paraguay, no existía dentro de la gobernación del mismo nombre puebloninguno que fuese resultado de los esfuerzos de los jesuitas; que los primeros que asu cargo tuvieron los fundaron los españoles antes de la entrada de la Compañía(7);que hasta 1614 no pudieron implantar ninguno más, y que, descontados los tres delNorte del Paraguay, hechos con el objeto de que sirviesen de tránsito para las misionesde Chiquitos, y, como todos, en gran parte con el auxilio secular(8), y los seis de SanBorja (1690), San Lorenzo (1691), Santa Rosa (1698), San Juan (1698), Trinidad
(1706) y San Angel (1707), que, como colonias respectivamente de Santo Tomé,Santa María la Mayor, Santa María de Fe, San Miguel, San Carlos y Concepción, no dieron más trabajo que el de transmigrar a otro sitio a los indios ya reducidos(9);quedan diez y nueve, los cuales, con una sola excepción, la de Jesús (1685), fueron todos establecidos en un período de veinte años, coincidiendo con circunstancias históricas que verosímilmente debieron ejercer en el ánimo de los recién convertidos,influencia más decisiva para que se redujesen a pueblos y acatasen el vasallaje español, que no la predicación de misioneros que en lengua extraña les hablaban ó que, si empleaban la propia de los naturales, era fuerza que se explicasen en ella con imperfección grandísima, no pocas veces fatal para el fin perseguido, sin que el uso de intérprete pudiera salvar el obstáculo, pues contra él existían iguales, si no mayores motivos, para que fuera ineficaz(10).
 
Más razonable y más conforme con la realidad es creer, si no se ha de admitir que por don providencial adquirieran los Padres tan perfecto conocimiento del idioma guaraní como no le tienen hoy los que le hablan desde la infancia, aun dedicándose a estudiarle en gramáticas y vocabularios; más razonable es, si tampoco ha de aceptarse que por virtud de la misma divina gracia concibieran súbitamente los indios ideas para sus inteligencias novísimas y para su civilización casi incomprensibles, buscar en la historia el por qué los jesuitas pudieron fundar en los comienzos de su empresa,cuando su número y sus recursos eran escasísimos, quince pueblos, y no pudieron añadir a la lista uno más (excepto el de Jesús) en ciento doce años(11), en los cuales llegaron al apogeo de su poder y adquirieron prosperidad sin ejemplar en ninguna delas misiones de ésta ni de parte alguna del mundo. Y es que en aquellos veinte años se señalan precisamente las más crueles y tenaces persecuciones de los portugueses de San Pablo (
mamelucos ó paulistas
), que no dieron punto de tranquilidad a los guaraníes y constantemente los acosaban para cautivarlos y llevarlos a vender por esclavos en el Brasil. Calcúlase en trescientos mil los que fueron arrebatados de este modo del Paraguay por los brasileños, protegidos en alguna ocasión por el mismo gobernador de la provincia(12).
 
Buscando en la concentración en grandes núcleos y en las armas españolas refugio y seguro contra quienes tan impíamente los atacaban(13), y ganados por los halagos de los Padres, que más que de prometerles la salud espiritual, curábanse de seducirlos con el ofrecimiento de comodidades y regalos materiales, fundáronse en tan breve plazo diez y ocho reducciones. Pero al mismo tiempo de venir a menos las energías delos paulistas, y coincidiendo con el nacimiento del imperio jesuítico, tuvieron términolas fundaciones, y ciertamente no porque la Compañía fuera enemiga de extender sus conquistas; aunque tampoco cabe negar que su fervor apostólico se había por completo extinguido(14).
 
De 1746 a 1760 regístranse tres nuevos establecimientos en la parte septentrional del Paraguay, camino para las misiones de Chiquitos: los pueblos de San Joaquín, San Estanislao y Belén. Convencidos los Padres de que sus predicaciones no eran bastantes para mover el ánimo de los indígenas a abrazar la fe cristiana, discurrieron llegar al mismo resultado por el engaño; recurso sin duda indigno de la alteza del fin buscado,pero de eficacia práctica por la experiencia abonada. Empezaron entonces por mandara los ka’agua y m baja[1], a quienes deseaban catequizar, frecuentes regalos de animales y comestibles, siendo de ellos portadores indios ya instruidos y merecedores de toda confianza por su lealtad acreditada, los cuales encomiaban la bondad del régimen a que vivían sujetos y la solicitud y generosidad con que acudían a sus necesidades los Padres, en tal modo que no les era preciso trabajar para vivir. Cuando con estas embajadas tenían ya suficientemente preparado el terreno, el jesuita se presentaba al nuevo rebaño con buena escolta y abundante impedimenta de ganados y víveres de toda especie. Consumidas éstas, llegaban nuevas provisiones, y los que las traían íbanse quedando con diversos pretextos entre los salvajes, quienes ganados por la abundancia de la comida, por la dulzura con que los Padres los trataban y por el
encanto de las músicas y fiestas, perdían toda desconfianza y miraban tranquilos la irrupción no interrumpida de guaraníes misionistas, cuyo número aumentaba diariamente. Así que era muy superior al de los indios silvestres, aquéllos circunda bana éstos, los aterrorizaban con las armas, y entonces les hacían comprender los Padresla necesidad de que en lo sucesivo trabajaran al igual de los demás para sustentarse.Pero como algunos mbaja[2]no se aviniesen a soportar aquella extorsión é incitaran asus compañeros a rebelarse, los Padres desembarazáronse de ellos por un medio digno de que los bárbaros lo emplearan, mas no de misioneros cristianos. Hicieronles creer que los indios de Chiquitos, cediendo a los consejos de los jesuitas, ofrecían devolverles algunos prisioneros que en cierta sorpresa les habían cogido, para lo cual llevaron a los que los estorbaban a Chiquitos. Llegados al pueblo de Santo Corazón,fue su arribo muy celebrado; pero así que consiguieron separarlos y estaban tranquilos entregados al sueño, al toque de campana a media noche fueron todos atados y puestos en calabozos, de donde sólo salieron cuando los administradores que reemplazaron a los jesuitas les devolvieron la libertad(15).
 
Claro está que los indígenas, por naturaleza agradecidos, acababan siempre por preferir aquella vida sosegada, en que sus necesidades eran puntualmente satisfechas,y el trabajo, con ser grande, alternado con las fiestas y endulzado con los encantos dela música, a la que tenían pronunciada afición, a su estado anterior, y no pocas veces el encono de la violencia hecha a sus voluntades para atraerlos a él, cedía su sitio alafecto que los jesuitas, no obstante la crueldad salvaje con que castigaban las faltas de sus súbditos, sabían inspirarles; afecto de que la historia de estas misiones ofrece edificantes ejemplos. Además, los Padres no cesaban de exagerar los sufrimientos delos que por no avenirse a entrar bajo su dominio eran encomendados, y los indígenasllegaban de esta manera a creerse muy favorecidos por el cambio, sin advertir que conotro nombre pesaba sobre ellos una encomienda yanacona severísima, cuando
aquéllos cuya suerte les parecía tan triste sólo eran mitayos y conocían las dulzuras dela libertad y eran dueños de la mayor parte del fruto de sus esfuerzos.
***

Dos períodos notablemente distintos deben señalarse en la historia de la Compañía de Jesús en el Paraguay: el primitivo, en que echaron los Padres los cimientos de su futura república, corriendo grandes riesgos, bien que la fuerza de las armas fuera siempre detrás para protegerlos; soportando toda clase de penalidades sin más recompensa que la satisfacción de aumentar el rebaño cristiano; mirando sólo al bien espiritual y no buscando mejorías de que copiosamente no participaran los catecúmenos; dedicados al servicio de Dios y de la religión, sin propósito ninguno de medro personal; rodeados del cariño popular, porque respetaban los ajenos derechos y el poderío aún no los había ensoberbecido. Pero a la vuelta de algunos años, y a la parque crecieron sus progresos, cambiaron los jesuitas de conducta: los que fueron en un principio humildes y abnegados misioneros, tornáronse ambiciosos dominadores de pueblos, que poco a poco sacudieron todas las naturales dependencias en que debían estar sujetos; afanáronse por acaparar riquezas materiales en menoscabo de su misión cristiana y civilizadora; persiguieron a los que intentaron poner coto a sus abusos ó quisieron combatir su influencia; se hicieron dueños de las voluntades de los gobernadores y de los obispos, ya porque éstos les debían su nombramiento, ya porque el cohecho y la promesa de pingües ganancias se los hacían devotos, y convirtieron su república en una inmensa sociedad colectiva de producción, arruinando,amparados en los grandes privilegios que supieron obtener, a la provincia del Paraguay, a cuyos beneméritos pobladores debían reconocimiento por muchos conceptos. El último período será el que yo esboce ahora brevemente, y principalmente considerado desde el punto de vista de la organización económica, que en él tuvo pleno desarrollo.

BLAS GARAY
 
EL COMUNISMO DE LAS MISIONES
 
La Compañía de Jesús en el Paraguay  IIRuinas Jesuíticas. | Paraguay | Pinterest
DESCRIPCIÓN DEL GOBIERNO ESTABLECIDO POR LOS JESUITASEN SUS REDUCCIONES
El núcleo más importante de las misiones jesuíticas de la vasta provincia del Paraguay,aquél en que mayores riquezas obtuvo la Compañía y en donde constituyó un verdadero reino, estaba situado entre los 26º y 30º de latitud meridional y 56º y 60º 6e longitud occidental del meridiano de París. Ceñíanle por el Norte el río Tebicuary y los espesos bosques que cubren las pequeñas cordilleras que se dirigen hacia el Oriente; limitábanle por el Este las cadenas de montañas de las sierras de Herval y del Tape; el río Ybycuiseparabale por el Sur de lo que es hoy el Brasil, y por el Oeste la laguna Yberá y el Miriñayle dividían de Entre Ríos, y los esteros del Ñeembucú y el Tebicuary del resto del Paraguay.Atravesado por dos caudalosos ríos; fecundizado por sus numerosos afluentes; sin serranías elevadas ni llanuras inmensas; sembrado de grandes bosques que en abundancia suministraban excelente madera para la construcción de embarcaciones, edificios y muebles, y ofrecían al mismo tiempo la preciada yerba mate; dotado de clima suave y saludable, en que ni el verano ni el invierno extremaban sus rigores; fertilísima la tierra y apta para variados cultivos; con superiores campos de ganadería; sin enfermedad endémica ninguna y pródiga en recompensar el esfuerzo humano (16), nada extraño es que los jesuitas alcanzaran pronto en él grado altísimo de prosperidad, ni que en sus ambiciosos
sueños acariciasen la esperanza de llegar a constituir algún día en la nueva tierra de promisión una oligarquía cristiana, independiente del vasallaje puramente nominal en que estaba sujeta al Rey Católico, y acaso a ese oculto pensamiento obedeciese el empeño que desde el principio pusieron los misioneros en que las reducciones produjeran cuanto podían necesitar para su vida propia, por manera a no vivir a nadie subordinados. Hemos de ver,con efecto, cómo todo parece que respondía a este propósito.La organización que las jesuitas dieron a sus doctrinas ó pueblos (17) fue completamente uniforme, por manera que no sólo presentaban todos el mismo aspecto,igual ordenación de las casas, idéntico estilo en la construcción de éstas, sino que también se llevaba en ellas la misma vida, cuidadosamente regulada de antemano, y en la que marchaba todo en tanta conformidad con lo establecido, que semejaba aquello una gran máquina de acabadísima perfección. Lo mismo en el orden religioso que en el orden político; lo mismo en la esfera de lo económico que en la esfera de las más íntimas y sagradas relaciones de la familia, en todas partes estaba presente aquella autoridad ineludible, que todo lo reglamentaba, que lo tasaba todo; por tal manera, que así tenía el padre de familia designadas las horas en que debía dedicarse al trabajo con los suyos, como las tenía señaladas para el cumplimiento de sus demás deberes, aun de aquéllos sobre los cuales, como decía un viajero ilustre, (18) guardan silencio los códigos más minuciosos y arbitrarios, respetándolos como a cosa exclusivamente abandonada a las inspiraciones de la conciencia.Movido a curiosidad, refiere un antiguo gobernador de las misiones, (19) por haber observado que en varias horas de la noche, y particularmente hacia la madrugada, tocaban las cajas, inquirí el motivo y se me contestó que era una antigua costumbre. Apurando todavía más la materia, llegué a saber que celosos los jesuitas del incremento de la población de sus reducciones y poco confiados en la solicitud de los indios, que rendidos por las faenas del día, así que llegaban a sus casas y cenaban, se echaban a dormir, hasta que al alba se levantaban para ir a la iglesia, y de la iglesia a los trabajos, sin curarse, entretanto, de cumplir sus deberes de esposos, excogitaron recordárselos de cuando en cuando durante la noche, despertándolos con el ruido de los tambores.Parecíanse todos los pueblos jesuíticos como una gota de agua a otra gota de agua. «Su disposición, dice Alvear, es tan igual y uniforme, que visto uno, puede decirse se han visto todos: un pequeño golpe de arquitectura, un rasgo de nuevo gusto ó adorno particular, es toda la diferencia que se advierte; mas esencialmente todos son lo mismo, y esto en tanto grado, que los que viajan por ellos llegan a persuadirse que un pueblo encantado lesa compaña por todas partes, siendo necesarios ojos de lince para notar la pequeña diversidad que hay hasta en los mismos naturales y sus costumbres. Es, pues, la figura de todos rectangular; las calles tendidas de Norte a Sur y de Este a Oeste, y la plaza, que es bastante capaz y llana, en el centro; ocupando el testero principal que mira al Septentrión, la iglesia con el colegio, y cementerio a sus lados (20).»Las iglesias eran muy capaces y sólidamente hechas, de tres ó cinco naves, sostenidas sobre arcos y pilares de madera, y algunas sobre columnas dobles de gusto jónico, con hermosa y elevada cúpula; y el colegio, situado siempre de manera que gozase de vistas deliciosas, consistía en un vasto y cómodo edificio, adherido al cual estaban los distintos almacenes y talleres de la reducción. En él vivían estrechamente recluidos los Padres,obedientes al precepto de evitar todo lo que pudiera hacerlos familiarizarse con sus neófitos(21). Ninguna mujer debía poner (y, sin embargo, parece que la ponían) su planta en esta
casa, para que resplandeciese mejor la moralidad intachable de los jesuitas; pero haymotivos para sospechar que los indios no creían en ella ciegamente, y que su escepticismollegó a contaminar a los mismos Provinciales (22
), quienes, para quitar el peligro quitandola ocasión, prohibieron a los curas asistir «al repartir el algodon, lana, yerba ó carne a lasIndias ni al receuir el hilado, assi por estar esta costumbre fundada en lo que es masconforme a la decencia, como por estar assi ordenado en todos los colegios donde se ocupaen hilar a la gente de servicio ». (23)Todas las casas estaban cubiertas de teja, excepto en San Cosme y Jesús, que las teníanen su mayor parte de paja. Las habitadas por los indios eran grandes y bajos galpones de 50a 60 varas de largo y 10 de ancho, incluyendo los corredores que tenían alrededor:inmundos falansterios en que vivían aglomeradas numerosas extrañas familias envergonzosa promiscuidad, semillero fecundo de adulterios, y de incestos, y deconcubinatos, y de inmoralidades de todo género, contra las cuales nada podían las malobedecidas órdenes de los Provinciales, acaso porque viniera el vicio de más alto (24).Cada reducción estaba inmediatamente gobernada por dos jesuitas, el cura y el sotacura,dependientes de un Superior que residía en Candelaria, a la vez sujeto al Provincial y alColegio Máximo de la Orden, establecido en Córdoba del Tucumán (25

). La designación de estos sacerdotes debía hacerse por decreto de 15 de Junio de 1654, sometiendo al gobernador una terna a fin de que eligiera al que considerase más apto para el cargo, quien recibía luego del Obispo la institución canónica; mas en realidad nunca pasaban así las cosas, y el nombramiento quedaba completamente librado al criterio del Provincial, por manera que las reglas del regio patronato no regían con los discípulos de Loyola. «Todoslos sujetos más graves de los Colegios de las tres provincias (Paraguay, Río de la Plata y Tucumán) anhelan para descanso y felicidad humana el conseguir una de dichas doctrinas:esto es tan evidente y constante, que sin disfraz ni disimulo lo dicen y confiesan los mismos Padres jesuitas» (26). No se consultaban en la elección el fervor apostólico ni las virtudes cristianas, tanto como se buscaba un buen administrador de los bienes temporales ó un comerciante hábil que supiera aumentarlos rápidamente, porque desnaturalizados los fines de la institución por el amor de los regalos de la vida, se llegó a hacer del fomento de la riqueza y de las granjerías de los negocios el objeto, la aplicación y la base fundamental delas misiones y el principal empeño y deber de los doctrineros (27

).Poca parte en las funciones espirituales desempeñaba el cura, consagrado casi por completo a dirigir los trabajos de los indios, a almacenar sus frutos y a entender en cuanto decía relación con las compras y ventas, faenas en que le ayudaba el Padre compañero,siendo uno de otro fiscales del celo con que cumplían los deberes de su cometido.A cargo del sota cura estaba principalmente el gobierno religioso de la reducción; por manera que, desempeñando los dos misioneros funciones separadas, no hubiese entre ellos motivos de recelos ni de choques. Pero no siempre bastaron estas precauciones a tener en paz a los dos pastores que compartían el dominio de la grey, y sus rivalidades escandalizaban con frecuencia a los neófitos y alarmaban a los Provinciales (28
).Pretendían los superiores ejercer el monopolio de las limosnas y privar a los compañeros detoda autoridad; resistíanse éstos; enconábanse los ánimos, y los ocultos defectos de los cristianos varones, exagerados por la envidia y por el odio, eran dados a la publicidad, no solamente en las cartas dirigidas a personas de la Orden, sino también en sus paliques con los indios principales, a quienes habían de servirles estas mezquinas rencillas de poca edificación. Ocurrían también con frecuencia agrias disputas entre los curas de diversos pueblos, nacidas de desacuerdo sobre los límites de sus tierras, y emulaciones originadas en que unos se creían más regalados que otros (29).La vida que llevaban fue al principio austerísima, y acaso no exagerase nada el Padre Montoya describiéndola en estos términos: «… ¿Qué casas habitan estos religiosos? Son unas pobres chozas pajizas. ¿Qué ajuar poseen? El breviario y manual para bautizar y administrar Sacramentos. ¿Qué sustento tienen? Raíces de mandioca, habas, legumbres, yes testigo la Majestad de Dios que en pueblos de gentiles se pasaban veinticuatro horas en que el suplicante y sus compañeros ni aun raíces comían por no pedirlas a los indios,recatando el serles cargoso… » (30). Mas así que, afianzado su influjo sobre los neófitos,cambiaron de sistema, y en vez de respetarles en la propiedad del fruto de su trabajo,convirtiéronse en su único dueño, fue desapareciendo la primitiva austeridad y entrando el amor a los regalos de la vida. Los que antes se creían felices compartiendo su pobre mesa con los indios, adornaban la suya de exquisitos manjares y de variados postres; los que se sentaban y dormían en el duro suelo, buscaron lechos más cómodos y artísticas butacas labradas; los que andaban, llevados de su celo, leguas y leguas en un día, deshaciéndose los pies en los abrojos del camino, creyeron incompatible con su decoro dar un paso más allá de su pueblo, como no fuese en caballos ricamente enjaezados; y los que a sí mismos se servían y aun a los indios, rodeáronse de numerosa servidumbre (31). ¿Qué mucho, pues todo cambiaba, que se modificara también el concepto por la Compañía merecido a pro piosy extraños, si los actos de sus hijos distaban tanto de la humildad y de la caridad cristianas,como su regalada vida presente de la estrechez de sus primeros misioneros?Recibían siempre las confesiones en la iglesia, para que resultara el acto más respetable; pero con el transcurso de los años y con la familiaridad que se introdujo entre los Padres y las familias de ciertas personas de buena posición, fue la solemnidad a menos,convirtiéndose en falta de respeto al lugar sagrado, pues las confesiones se prolongaban mucho más del tiempo necesario, y no por que el examen de la conciencia del pecador lo exigiese, sino porque el penitente y el juez lo empleaban en mundanas conversaciones, con frecuencia interrumpidas por ruidosas carcajadas (32). Los enfermos necesitados de auxilios espirituales eran conducidos a un espacioso cuarto contiguo al colegio, el cual servía de hospital, y en él los visitaban los Padres; por manera que éstos pocas veces entraban en las casas de sus neófitos, aunque estaba ordenado que fueran a ellas a confesarlos, si lo solicitaban, y que les llevasen el Viático cada vez que lo pidiesen (33), preceptos que se obedecían muy mal.Cada vez que los jesuitas se presentaban en la iglesia, aunque sólo fuera para decir una misa rezada, ostentaban deslumbrador aparato é iban rodeados de numeroso cortejo de sacristanes, acólitos y monaguillos, cuyo número pasaba de ciento, vestidos con gran magnificencia. Con la misma se procuraba celebrar todas las ceremonias religiosas, siquiera faltase en ellas fervor, igual en los doctrineros que en sus doctrinas.Y no podía ser de otro modo, porque los indios iban a la iglesia compelidos por una fuerza superior y no a buscar espontáneamente el sitio desde donde con más recogimiento y unción pudieran elevar sus preces a Dios. Colocados en tablillas, colgadas a la puerta del templo, había dos padrones, uno para cada sexo, en donde cada cual leía su nombre ó le reconocía por una señal particular: de esta manera se aseguraban los celadores de su asiduidad a la misa. Dentro, las mujeres estaban separadas de los hombres, y salían de la misma manera, sin que se permitiese a ningún varón detenerse a contemplar a aquéllas (34).
 No parecía más sino que los jesuitas procurasen desterrar el amor de su república,aunque eran los medios equivocados y resultaron contraproducentes. Apenas si en acto tan solemne y transcendental como el matrimonio se tenía en cuenta la voluntad de los contrayentes. Con pretexto de velar por la moralidad, los jesuitas obligaban a los varones a casarse a los diez y siete años, y a los quince a las mujeres, y aun antes a veces (35).Cuantos habían cumplido la edad reglamentaria eran convocados un domingo a las puertas de la iglesia; preguntaban los religiosos si alguno tenía casamiento concertado, y a los quedaban contestación negativa (36), que eran generalmente los más, los obligaban a elegir mujer allí mismo, si ya no es que se la designasen los Padres a su albedrío, y poco después estaban enlazados. Mas como no siempre viniese el cariño a fortificar la unión, y como la vida en falansterio fuese muy ocasionada a caídas, la moral recibía frecuentes y graves ofensas: las infidelidades conyugales distaban de ser raras, y los esposos abandonados fácilmente se consolaban, mientras la desleal esposa, escapada con su amante, buscaba refugio en los bosques, ó en otro pueblo, en donde la pareja se presentaba como un perfecto matrimonio (37). Podía más en los indios el afecto que no el Sacramento.Ensalzan todos los que sobre las misiones escribieron la santa pureza é inocencia que en ellas reinaba. El error tiene explicación fácil y rectificación completísima en las cartas delos Provinciales: en ellas se ve retratada la profunda relajación de costumbres que había en las reducciones jesuíticas, no exentas siquiera de los depravados vicios de la sodomía y dela bestialidad (38). Y menos mal si las raíces no fueran poderosas y si la autoridad de los que debían poner cauterio a la llaga no estuviera minada por la maledicencia, que les atribuía los mismos defectos que estaban obligados a corregir; porque es de observar que mientras los Provinciales prohibían a los Padres que acariciasen a los jóvenes y los distinguiesen en alguna manera con su benevolencia ni que criasen ciertos niños en casacon especiales cuidados, los catecúmenos achacaban a sus doctrineros abominables debilidades (39).La organización jesuítica descansaba completamente sobre la igualdad que los Padres mantenían entre los guaraníes; igualdad tan absoluta que aniquiló su iniciativa individual al quitarles todo motivo de emulación, todo aliciente que les moviese a ejercitar su actividad; pues lo mismo el malo que el bueno, el laborioso que el holgazán, el activo que el tardo, el inteligente que el torpe, eran alimentados (40), vestidos y tratados según sus necesidades y no según sus obras, y nadie lograba escapar al cumplimiento de la tarea señalada, siendo los que ejercían alguna autoridad los obligados a ser más asiduos y puntuales, para que en su ejemplo aprendieran los demás. Ni por su sexo ni porque estuvieran embarazadas ó criando, conseguían las mujeres eximirse de prestar su concurso a las labores a que los hombres se dedicaban: ayudában losa carpir, a arar y a sembrar la tierra y a recoger la cosecha y almacenarla; y cuenta que únicamente se guardaban las fiestas muy principales. Los Provinciales procuraban, sin embargo, bien que con poco éxito, aliviar a los neófitos de tan continua fatiga; y al observar los perniciosos frutos que de la confusión de ambos sexos resultaban, trataron también de evitarla (41). Comenzaba el trabajo de los indios al amanecer y duraba hasta que obscurecía, sin más descanso que el de dos horas, concedidas a mediodía para almorzar (42). Cuando les tocaba ocuparse en sus sementeras, dirigíanse a ellas en procesión, precedidos de la imagen de algún santo llevada en andas, con acompañamiento de tambor y flauta ó de orquesta más numerosa. La imagen era luego puesta al abrigo de una enramada,y después de corta oración, entregábanse todos a sus quehaceres.
Fuente muy principal de recursos para los pueblos jesuíticos era la agricultura. Losterrenos empleados en ella estaban últimamente divididos en tres secciones: una(tabamba’e), perteneciente a la comunidad; otra (abamba’e), reservada a los jefes de familia, para que cada cual cultivase para sí una porción, y otra, llamada la propiedad de Dios(Tupãmba’e).[3] Trabajaban en la primera todos los indios de la doctrina los tres primeros días de lasemana, bajo la severa inspección de celadores encargados de fiscalizar cómo ponían todadiligencia en su tarea. Los productos de la cosecha tocaban a la comunidad y entraban enlos almacenes de la Compañía para ir satisfaciendo con ellos las necesidades de lareducción. En el principio, la propiedad privada no existía ni siquiera de nombre, y todo elfruto del trabajo de los indios se depositaba en los graneros comunales. Los jesuitas habíanconvencido a la Corte de que los guaraníes eran tan imprevisores é ignorantes que no podrían mantenerse si se abandonaba a su albedrío el empleo que de lo agenciado con sutrabajo hubiesen de hacer; argumento a la verdad peregrino, porque, como observa muy bien Azara (43

), no se concibe cómo pudieron entonces subsistir y multiplicarse tan prodigiosamente antes de la conquista, cuando aún ignoraban las máximas del gobierno económico de la Compañía, ni cómo prosperaron otros pueblos fundados por los españoles,y que, fuera de la jurisdicción de los jesuitas, aceptaban y protegían la propiedad privada,no obstante de gravitar sobre ellos el censo de servir a los encomenderos.Al cabo de muchísimos años que duraba este sistema, la Corte, cediendo a muy insistentes y autorizadas representaciones que se la hicieron, dio a entender a los jesuitas que era ya tiempo de que los indios hubiesen aprendido a gobernarse por sí mismos y a conocer las ventajas y los goces que la propiedad individual proporciona, y que parecía llegado el momento de poner fin al régimen de la comunidad. Fue entonces que los Padres, para acallar los reparos y las quejas, mas no sin haber antes agotado todos los resortes para eludir la reforma, vinieron en asignar a cada jefe de familia determinada extensión de tierra,a fin de que la cultivase y explotase con los suyos en provecho propio, empleando en esto tres días de cada semana, y los otros tres en beneficio público. Mas no dio el nuevo arreglo los resultados que se esperaban; perdida, ó mejor dicho, desconocida de aquellos desgraciados toda noción administrativa, pues nunca tuvieron caudal propio ni imaginaron que pudiesen tenerle, no era de esperar que acertaran a componerse de tal suerte que,arreglándose a los rendimientos de su trabajo, no pasaran estrechez y miseria. Bien los habían los misioneros, y en ello se apoyaban para resistir la innovación: los indios eran incapaces de gobernarse por sí mismos; pero faltaba añadir que su incapacidad no eran activa, sino obra deliberada y fruto de la educación, del aislamiento completo en que vivían, del alejamiento de todas las ocasiones en que pudieran aprender lo que a sus doctrineros no convenía que aprendiesen. Estos, por otra parte, empeñados en desacreditar la reforma, ponían obstáculos a que los neófitos dedicasen a sus plantaciones particulares todo el tiempo que se les señalaba, empleándolos más de la cuenta en el servicio de la comunidad y en el beneficio y conducción de la yerba, sin pagarles en lo justo su salario, u obligándolos a malvender a la Compañía la que para sí hicieren (44), lo mismo que el fruto de sus cosechas; negábanles bueyes con que arar, precisándolos a tirar por sí mismos del arado, y los hostilizaban de varios modos. Con lo que las cosechas ó eran escasas ó malográbanse, y los indios carecían de lo preciso para la subsistencia; y como el hambre apretaba y la comunidad no acorría al hambriento y la moral era escasa y acomodaticia, buscá base en el robo lo que el trabajo negaba, despojando a otros infelices, que no estarían tampoco muy abundantes y bien comidos; males éstos que triunfaron de las más enérgicas y bien intencionadas providencias de los Provinciales (45).Para que nadie pudiera sustraerse a prestar el contingente de sus fuerzas, los jesuitas buscaron la manera de sacar provecho de los ociosos ó de los que mostraban poco apego al trabajo, sometiéndolos a una regimentación particular. Con este objeto se destinaba al Tupãmba’e a los holgazanes y a los niños de corta edad, quienes labraban estas tierras, que eran siempre las mejores del pueblo, bajo la vigilancia de celadores especiales, merecedores de la plena confianza de los Padres, y encargados de obligarlos a cumplir con toda exactitud la faena que, según sus fuerzas, les había sido impuesta, y de denunciarlos, caso contrario, para recibir el condigno castigo, nunca excusado y severo siempre.Los frutos de la posesión de Dios entraban también en los graneros comunes y se les dedicaba al sustento de las viudas, huérfanos, enfermos, viejos, caciques y demás empleados y artesanos; destinación que sólo era nominal y dirigida a impresionar el ánimo de los indios, pues todo lo que las reducciones producían era aportado a un fondo único,empleado en llevar adelante los planes de la Compañía, y sólo en muy exigua parte en subvenir a las necesidades de aquéllos que lo ganaban, gracias al sudor de su rostro, al trabajo continuo a que los sujetaron sus catequistas, descuidando la educación espiritual delos neófitos, para curarse únicamente de hacerlos laboriosos agricultores ó hábiles artífices en aquellas artes de que podían obtener más pingües provechos.Además de las labores agrícolas, en que empleaban los guaraníes todo el tiempo que pasaban en sus doctrinas, había la de la extracción de piedras de construcción, la de la edificación, la del beneficio de maderas en los montes, la de construcción de embarcaciones, la de explotación de la yerba mate y la del comercio fluvial activísimo que hacían los Padres con los productos de las reducciones, resultando de vida tan atareada que”no les queda a dichos indios tiempo para aprovechar en la doctrina ni tienen lugar para profesar la, pues apenas les queda el suficiente para el descanso. Y de esta habituación que tienen a vivir en los montes y en campañas y en los dichos ministerios, sin frecuencia de iglesia y sin oir la palabra del Evangelio con la libertad, tibieza y relaxación que naturalmente se introduce en estos casos, aun en los más disciplinados é instruídos, es tantolo que a estos indios les corrompe esta distracción, y se apoderan los vicios, obscenidades y demás delitos de tal suerte de sus corazones, que causa gran lástima y desconsuelo el llegarlo a experimentar y no lo ignora ninguno de cuantos los tratan y comunican…» (46).Existían además en las reducciones artesanos de todos los oficios de que los Padres habían menester. “En todos los referidos pueblos, y en unos con más abundancia y es mero que en otros, hay, dice Anglés (47), oficinas de plateros indios, maestros que trabajan de vaciado, de martillo y todas labores, sumamente diestros y primorosos; también los hay de herrerías, cerrajerías y fábricas de armas de fuego de todas layas, con llaves, que pueden competir con las sevillanas y barcelonesas; y asimismo funden y hacen cañones de artillería, pedreros y todas las demás armas é instrumentos de hierro, acero, bronce, es tañoy cobre que necesitan para las guerras que mueven y para el servicio propio, ó para los que las encargan y solicitan por compra; tienen estatuarios, escultores, carpinteros y muy diestros pintores, y todas estas oficinas, sus herramientas y lo que trabajan los indios, que están muy adelantados en estas artes por los célebres maestros jesuitas que traen de Europa para enseñarlos; están en un patio grande de la habitación del Padre Cura y su compañero y de baxo de su clausura y llave… Asimismo, agrega, se labran carretas y carretones, y tienen telares de varios texidos, fábricas de sombreros, que no los gasta ningún indio y se venden 

en las ciudades; hay cardadores, herreros, etc.; funden y hacen platos de peltre y todas lasdemás vasijas necesarias; y en fin, hay quantos oficios y maestros se pueden hallar en unaciudad grande de Europa, y todo está y se mantiene, como llevo dicho, debaxo de la llavedel Padre Cura, que lo administra todo para las ventas y remisiones que hace, sin que losindios se aprovechen de nada ni tienen más parte que la del trabajo y hacerlo todo.»Producían las reducciones toda la tela necesaria para el vestido de los indios y aún más, pues también la había para la venta. El hilado estaba a cargo de las mujeres que por algúnmotivo grave no podían concurrir a la labranza. Cada una recibía determinada cantidad dealgodón y quedaba obligada a entregar otra de hilo, conforme a una equivalencia deantemano calculada, y que variaba según los pueblos y calidad del hilo, siendo, si era muygrueso, de diez y seis onzas para cada tres; tarea que desempeñaban todasescrupulosamente y cuyo incumplimiento purgábase con severas penas. En cambio, lostrabajos de aguja se encomendaban a los sacristanes, músicos, coristas y demás servidoresde la iglesia en las horas que les quedaban libres.Fuente también de cuantiosas utilidades fue el laboreo de la yerba mate, cuyo comerciotenían los jesuitas casi completamente monopolizado, siendo los únicos que vendían lallamada
ka’amini
)[4], la más buscada y cara (49

). Pero como este negocio no lo entablaron ellos inmediatamente, y era notorio que costaba la vida a millares de guaraníes,clamaban al principio porque se dictaran leyes prohibiendo en absoluto que se emplease en él a los indios. Las quejas eran positivas y muy puestas en razón; pero ¿inspirában las caritativos sentimientos ó rencorosas rivalidades? Difícil es creer en la sinceridad de la Compañía, cuando se piensa que, sin haber cambiado en nada las condiciones de la 

explotación de la yerba, dedicó luego a ella a sus neófitos, a pesar de que por sus gestionesestaba vedado.Y véase lo que uno de los más autorizados misioneros escribe (50

): «Tiene la labor de aquesta yerba consumidos muchos millares de indios; testigo soy de haber visto por aquellos montes osarios bien grandes de indios, que lastima la vista el verlos, y quiebra el corazón saber que los más murieron gentiles, descarriados por aquellos montes en busca de sabandijas, sapos y culebras, y como aun de esto no hallan, beben mucha de aquella yerba,de que se hinchan los pies, piernas y vientre, mostrando el rostro solos los huesos, y la palidez la figura de la muerte.«Hechos ya en cada alojamiento, aduar de ellos, 100 y 200 quintales, con ocho ó nueve indios los acarrean, llevando a cuestas cada uno cinco y seis arrobas 10, 15 y 20 y más leguas, pesando el indio mucho menos que su carga (sin darle cosa alguna para su sustento), y no han faltado curiosos que hiciesen la experiencia, poniendo en una balanza al indio y su carga en la otra, sin que la del indio, con muchas libras puestas en su ayuda, pudiese vencer a la balanza de su pesada carga. ¡Cuántos se han quedado muertos recostados sobre sus cargas, y sentir más el español no tener quien se la lleve, que la muerte del pobre indio! ¡Cuántos se despeñaron con el peso por horribles barrancos, y los hallamos en aquella profundidad echando la hiel por la boca! ¡Cuántos se comieron los tigres por aquellos montes! Un solo año pasaron de 60.»La defensa de los Padres fue eficaz, y el visitador Al faro, a quien, a creerlos, inspiraron todas sus disposiciones, «prohibió con graves penas el forzar los indios al beneficio de la yerba, y a los mismos indios mandó que ni aun con su voluntad la hiciesen los cuatro meses del año, desde Diciembre hasta Marzo inclusive, por ser en toda aquella región tiempo enfermísimo” (51).Es de advertir que en aquella época en que tan generosamente pensaban, no habían los jesuitas afirmado aún su imperio sobre los catecúmenos y los trataban con mucho tiento.Mas tan luego como se hubieron asegurado de su respeto y de su obediencia, borraron con su ancha manga cuanto habían escrito y constriñéronlos a dedicarse al nefando y criminal laboreo de la yerba. Prohibiéralo la ley y cupiera, sin embargo, disculpa a claudicación tan interesada, y por interesada, doblemente censurable, si los guaraníes misionistas que a los yerbales iban fueran mejor provistos y cuidados y tuvieran su vida en menos riesgo que los guaraníes encomendados al mismo trabajo puestos; mas no sucedía así por desgracia: lo único que había cambiado era que quienes antes no podían beneficiar la yerba, podían lo hoy y tenían grande interés en beneficiarla, como que, si a los hispano-paraguayos les producía como uno, debía a aquéllos producirles como diez. Y que esta consideración fue para los Padres decisiva, demuéstralo el incremento considerable que dieron a este negocio,que con tan malos ojos miraron antes (52

). Sin embargo, los neófitos empleados en él continuaban padeciendo hambre, continuaban muriendo en los bosques de fatiga y de miseria, continuaban pereciendo devorados por los tigres ó asesinados por los indios enemigos(53).Deseosos los Padres de aumentar y facilitar la producción de esta hoja, hicieron traer gran cantidad de plantas y formaron con ellas, alrededor de sus reducciones, yerbales artificiales, cuyo producto era todavía mejor, por lo mismo de ser inteligentemente cultivados (54). Pero después de la expulsión, la desidia de los nuevos administradores dejó que se destruyesen, siquiera viajeros posteriores pudieron todavía hallar sus vestigios.
NOTAS DE LA EDICION DIGITAL
 3]tabamba’e, abamba’e y Tupãmba’e. En el original se lee tabambaé, abambaé yTupumbaé.4]ka’amini. En el original: caamini.5]Paraguarí o Jarigua’a. En el original: Paraguary ó Yariguaá. El primero es nombre oficialdel departamento y de su capital “Paraguarí”, el segundo puede escribirse en grafíamoderna.6]rescripto. Carta del Papa (breve o bula) dada a favor de ciertas personas o para un asunto particular. Decisión de cualquier soberano sobre ciertos puntos. (Pequeño LarousseIlustrado).
BLAS GARAY
 
EL COMUNISMO DE LAS MISIONES
 
La Compañía de Jesús en el Paraguay
 
III
 
EXPULSIÓN DE LOS JESUITAS
Misiones Jesuiticas Paraguay Jesus Tavarangue Detalle
El 13 de Enero de 1750 los plenipotenciarios de España y Portugal subscribieron en Madrid un tratado que definía los dominios de ambas coronas en América y Asia.Firmólo por parte de España un honradísimo Ministro, D. José de Carvajal y Lancastre;mas fuera por ignorancia, fuera por ceder a la presión de la Reina, española de adopción, portuguesa de corazón tanto como de origen, que favoreció en cuanto pudo las pretensiones de su casa, es lo cierto que el nuevo tratado era mucho más les ivopara la integridad de las posesiones españolas en América que lo había sido ninguno de los anteriores, con haberlos engendrado a todos el olvido más completo ó el más completo abandono de los derechos de S. M. C.

 

Ejercía entonces el cargo de confesor del Rey un ilustre jesuita, el P. Rábago, conquien, como los más arduos negocios de Estado, se consultó el nuevo ajuste de límites, que también mereció su aprobación. Acaso una sola persona que formaba parte del Gobierno de Madrid, el ilustre Marqués de la Ensenada, supo y quiso oponerse al inaudito despojo en el tratado envuelto: presúmese que fue quien lo comunicó a Carlos III, a la sazón Rey de Nápoles, que se apresuró a protestar contra él por medio de su embajador en Madrid, invocando el menoscabo que experimentaba un imperio del cual era presunto heredero. El descubrimiento de esta infidelidad originó tal vez la caída del Marqués de la Ensenada. (112)
 
Pero si el tratado fue visto en la Metrópoli con indiferencia, no pasó lo mismo en América. Estipulábase en él que, a cambio de la colonia del Sacramento, situada en la margen septentrional del Río de la Plata, renunciada por Portugal, que la teníausurpada, en favor de España, ésta cedería a aquél un vasto territorio en el Uruguay, yen él comprendidos siete pueblos de las Misiones, situados en la banda oriental del río de este mismo nombre, cuyos habitantes, con sus bienes y doctrineros,transportaríanse a tierras del dominio castellano. (113)
 
Mas tan pronto como se percataron los jesuitas del cambio convenido, pusieron elgrito en el cielo, clamando contra la inicua crueldad que implicaba la obligatoriatransmigración de los guaraníes, condenados a perecer de dolor al abandonar la tierraen que nacieran. (114) Justo era el reparo, mas no para hecho por quienes en variasocasiones habían obligado a otros pobres indios a trasladarse, mal de su grado, a sitiosdistantes ciento ó más leguas del lugar en que vieron por primera vez la luz del sol.(115)
 

Apresuráronse los jesuitas a oponer todos los obstáculos que estaban a su alcance ala ejecución del tratado: movieron contra él a todos los obispos, gobernadores,

cabildos y aun a la Audiencia de Charcas, y abrumaron con sus extensasrepresentaciones al Virrey del Perú y a S. M. (116).
 
A principios de 1752 arribó a Buenos Aires el Marqués de Valdelirios, Comisario real de parte de España, para llevar a cabo el señalamiento de límites. El Padre General dela Compañía envió también, con plenos poderes suyos para reducir a los curas a ejecutar pacíficamente la entrega, al Padre Luis Altamirano, Comisario de las tres provincias del Perú, Paraguay y Quito. Mas no por eso cejaron los doctrineros,alentados en su resistencia por su Provincial el Padre Barreda. Apenas llegadoValdelirios a Buenos Aires vióse también cubierto de papeles contra el tratado, y hubode resignarse a perezosas negociaciones con el Provincial, que deseaba dar largas al asunto, confiado en que, gracias al valimiento que gozaba la Orden en la Corte,obtendríase pronto la anulación del leonino pacto. Al mismo propósito respondió la suspensión de la entrega de los pueblos, conseguida de ambos Monarcas, con pretexto de necesitar los neófitos tiempo para coger sus cosechas y hacer con más espacio sutraslación.
 
Cansado de estos manejos el Marqués de Valdelirios, dio principio a la demarcaciónpor Castillos, en la Banda Oriental, y requirió al P. Altamirano a que hiciera uso de suautoridad para traer a razón a los Padres, cuya rebeldía claramente ibadescubriéndose. Hízolo así Altamirano; mas luego tuvo que huir precipitadamente deSanto Tomé, a donde se trasladara, a Buenos Aires, amenazado de muerte porseiscientos indígenas que se levantaron en armas al mando del cacique Sepé; y losdemarcadores fueron también forzados a suspender su trabajo y regresar de SantaTecla, ante la resuelta oposición armada que encontraron.
 

Ya entonces no quedó duda de que fuesen los Padres quienes los instigaban,siquiera siguiesen aparentando el más decidido propósito de respetar la voluntad del Rey y el sentimiento más hondo de ver cómo habían perdido todo prestigio sobre los 

indios por aconsejarles la obediencia, y cómo sus consejos y ruegos eran ineficacia  es para disuadirlos de apelar, si fuese necesario, al empleo de las armas para impedir la ejecución del tratado. A tal punto ha llegado, decían, la indignación de los neófitos, que aún sus curas tienen amenazadas las vidas por haber incurrido en su desconfianza, afuera de leales vasallos de S. M. C.
 
El espíritu de cuerpo había, mientras tanto, ganado para la causa de los que comenzaban a ser rebeldes a su Rey, al Padre Rábago, quien al remitir en 1752 al Ministro Carvajal un Memorial del Obispo de Buenos Aires y otros documentos contra el tratado, le decía: «… He estado sobre este negocio muy atribulado por aquellapequeña parte que pude tener en aprobar lo que no entendía. Agrávase mi pena con esa carta que tuve, algunos dias há, de aquel Obispo, de que no dí cuenta. No obstante, yo siento mucho recelo de ste tratado, porque las razones que contra él alegan los que están á la vista me hacen fuerza, y mucho más el que ninguno de tantos, que yo sepa, de los que están allá deja de reprobarle como pernicioso al Rey. Ya quí entra el buen nombre de V. E., aventurado a la posteridad. La materia es obscura; los efectos inciertos, y Dios sobre todo… V. E. abra la boca, que el Amo abrirá la mano, y no tema» (117).
 

No podía el confesor de S. M. ser más explícito dirigiéndose al Ministro signatario del tratado, en que tenía, con efecto, estrechísimamente comprometida su honra(118). El fuera suficiente para que sin remisión le condenara la historia, si por ese único dato hubiera de juzgársele. Pero lo que no era dable decirlo al plenipotenciario español, podía decirse sin recelo ninguno al hermano, y no quiso el P. Rábago guardarse las palabras en el pecho. Escribió, pues, al Padre Barreda algo que, por desgracia, solamente conocemos por referencias, pero referencias autorizadísimas(119); algo que era la más franca excitación a la rebeldía. Contestándolo a 2 de Agostode 1753, decía el P. Barreda al P, Rábago: «Con singular providencia de Dios nuestro Señor acabo de recivir una carta de V. R., pues ha llegado en circunstancia de hallarse el negocio de la entrega de los siete Pueblos de Misiones en el ultimo termino de la ruina, que desde el principio teníamos como probable, y ya la estamos tocando como cierta; lo que reconocerá V. R. por el tanto que remito con esta de vn Memorial, que havia remitido a Buenos Aires, para que se presentase al Comisario Marqués de Valdelyrios (120), en que constan todas las verdaderas diligencias que han ejecutadolos Padres Misioneros en prueba de su obediencia y lealtad al Rey nuestro Señor, y no menos de su desinterés, haviendo ya renunciado ante el Vice Patron y Señor Obispolos pueblos rebeldes, y determinado saliessen de ellos los Padres para satisfacer a Su Magestad; pero como para la ejecución de este doloroso medio se han atravesado otros no menores riesgos, y sobre todo la gloria de Dios,

 por la que debíamos embarazar en el modo posible
a nuestras fuerzas la perdición ya cierta de tantas almas, que con la salida de los Padres, y aun sin ella con solo la violencia de las arma sin duda apostatarán de la Fé…, me pareció, que… debía apelar de la determinación de la guerra que se estaba aprontando, a la piedad de nuestro soberano, y no menos ala del Fidelísimo de Portugal…, determinación, a que solo me movió el zelo de aquellas pobres almas, y el justo temor, de que estando a cargo de esta Provincia, me pediria Dios cuenta de ellas, si en tan cierto riesgo no ponia todos los medios que no podia prohibir la obediencia, para su reposo; pues
como V. R. me enseña con mucho consuelo de mi temor, en semejantes peligros no estamos obligados ni aun podemos cooperar lícitamente, aunque lluevan Ordenes, preceptos, y aun Excomuniones
… ».(121)
 
Tan poderoso apoyo afirmó a los jesuitas en su resolución de resistir. De nadasirvieron las exhortaciones a la obediencia que les dirigía el P. Luis Altamirano, quiense quejaba en estos términos al P. Rábago de la soberbia de sus hermanos:
 
«Estos Padres especialmente los estrangeros, no acaban de persuadirse, ni quierenpor sus intereses particulares, que el tratado tenga efecto. Fiados en la piedad del Rey,quieren obligarle con ella, a que no haga su voluntad, y a que falte a su palabra.
«Se lisongean que será assi por la eficaz mediación de Vuestra Reverencia por las muchas representaciones que han hecho; y porque al mismo fin han conmovido a toda esta América, para que las Ciudades y Obispos escriban y levanten el grito contra el Tratado, que dichos Padres califican de notoriamente injusto, y contrario a todas las leyes divinas y humanas.
 
«….. De este errado sentir son todos: como tambien que no obligan (y esconsiguiente necesario) los preceptos de N. P. G. y mucho menos los mios…
 
«…. Yo como que son mis Hermanos trabajo sin cesar por taparlos para con el Rey,y estos sus comisarios; pero en vano; porque no dan paso aquí que no sea para nuestra deshonra y mia…». (122)
 
No fueron más eficaces las enérgicas disposiciones por el P. Altamirano adoptadas para reducir a los jesuitas; y convencidos los dos comisarios, el Marqués de Valdeliriosy Gómez Freire, que era inevitable el empleo de las armas para hacer cumplir la voluntad de SS. MM., pusieron e de acuerdo para proceder contra los rebelados. Los comienzos de la campaña no fueron felices: el general portugués, constantemente hostilizado desde que entró en el territorio de las Misiones, hubo de aceptar en 16 deNoviembre de 1754 una tregua mientras llegaba nueva determinación del Rey deEspaña, comprometiéndose a guardar entre tanto sus posiciones sin intentar avanzar.(123) El ejército español, mandado por el gobernador de Buenos Aires, Andonaegui,había retrocedido el primero, abrumado por la gran superioridad numérica del enemigo.
 

Ya se deja presumir lo que el Gobierno de Madrid contestaría. Valdelirios decía aFreire en 9 de Febrero de 1756: «En la carta de oficio que escribo a V. Excellencia veráque Su Magestad ha descubierto, y asseguradose que los Jesuitas de esta Provinciason la causa total de la rebeldía de los Indios. Y a mas de las providencias, que digo enella haber tomado, dispidiendo a su confesor (124), y mandando que se embien mil 

hombres; me ha escripto una carta (propia de un Soberano) para que yó exhorte al Provincial hechandole en cara el delito de infidelidad; y diciendole, que si luego no entrega los pueblos pacíficamente sin que se derrame una gota de sangre, tendrá Su Magestad esta prueba mas relevante; procederá contra el y los demas Padres por todas las Leyes de los derechos, Canonico y Civil; los tratará como Reos de lesa Magestad; y los hará responsables a Dios de todas las vidas inocentes que se sacrificassen…». (125) En parecidos términos se produjo la corte de Lisboa. (126)
 
Antes de recibir estas órdenes habían ya acordado los Comisarios reanudar lasoperaciones de guerra. Reunidos ambos ejércitos en San Antonio el 16 de Enero de1756, emprendieron nuevamente la marcha contra los guaraníes el 1º de Febrero.Breve y de pocas dificultades fue esta segunda campaña: muerto el cacique Sepe, jefede los rebeldes, en una sorpresa en la noche del 7 del citado mes, reemplazóle el célebre Nicolás Nenguiru (127), que sufrió en Kaybate[7]una primera derrota,dejando ciento cincuenta prisioneros y en el campo seiscientos muertos, seis banderas,ocho cañones y armas de todas clases. El 10 de Mayo, cerca ya de San Miguel,experimentó nuevo contraste, con el cual puede decirse que terminó la campaña, pues si bien continuaron los guaraníes oponiendo alguna resistencia, no se llegó a empeñar ninguna acción. Con esta guerra se inicia la decadencia de las Misiones.
 
Gran trabajo hanse impuesto los jesuitas para descargarse de la responsabilidadgravísima que por ella les toca; pero el éxito no ha correspondido a la magnitud delesfuerzo. La corte de Madrid no se llamó por un solo momento a engaño en punto adiscernir la responsabilidad que los curas y los indios tenían en tan deplorablesacaecimientos: sabíase perfectamente bien que éstos nunca pensaron ni ejecutaron loque aquéllos no les enseñasen, y que si los Padres hubieran querido que la cesión seefectuase sin resistencia, habríase sin resistencia efectuado. La rebelión de los dócilesguaraníes sólo de un modo podía ser explicada: como fruto de las instigaciones de susdoctrineros, quienes no veían con gusto pacto tan oneroso, no por lo que a España
afectaba, por lo que perjudicaba a sus propios intereses. Los mismos jesuitas, como sucede con la correspondencia de Rábago y Barreda y de Altamirano y Rábago,confiesan tácitamente que ellos movieron a los indios: así se deduce de los diarios deotros dos personajes de la Orden, Henis y Escandón; así lo dijeron también los indios tomados prisioneros (128), y así lo declararon judicialmente, cuando se vieron libresde la presión de los Padres, quienes tuvieron parte principalísima en estos sucesos(129). Tal es igualmente la opinión de muchos contemporáneos que ejercían autoridad(130), y de personas imparciales y muy versadas en este punto de la historia del Paraguay (131).
 
El gabinete español vio aquella mano que tanto afanoso empeño ponía enesconderse. En 28 de Diciembre de 1754 escribía a Valdelirios el nuevo Ministro, D.Ricardo Wal, que no era difícil creer que los indios fuesen a los asaltos conducidos porsus misioneros, como ellos mismos confesaban (132); y esta convicción se tradujo enlas instrucciones que dio a D. Pedro de Cevallos, nombrado Gobernador de BuenosAires, con especial encargo de someter a los sublevados.
 
«….. La guerra, dice, es inevitable y precisa, porque apercibido el Padre Provincialcon espresiones tan graves y eficaces como las del exorto que a este fin le despachó elmarqués de Valdelirios, dió una respuesta impertinente y afirmó que no podía hacernada, sin tomar en boca a los subditos suios que estan con los Indios pareciendole sinduda que era bastante la anticipada satisfaccion de que los indios no los dexaban salircomo decian cuando se les hizo cargo de que no desamparaban las Misiones.
 

«Aun es mucho mas notable que el Padre General haya prorrogado en su oficio a ese Provincial Josef de Barreda, sin duda porque ha observado como todos la gallarda defensa que hace de sus Misiones en paz y en guerra. Ello es cierto que semejantes prorrogas se hacen muy pocas veces y solamente cuando hay algún negocio tan grave como ese del Paraguay y no se halla otra mano que pueda fenecer la labor empezada con igual constancia y artificio.

 
«Pero aunque la tal prorroga del Provincial no se considere necesidad sino premio,es constante que es el acto mas señalado de gratitud y aprobacion de su conducta quele pudo dar el superior gobierno de Roma y de qualquier modo ha de inferir V. E. queesa resistencia se executa con aprobacion y consejo de toda la Compañia como se lodijo antes el Sr. D. Joseph de Carvajal al Padre Luis Altamirano.
 
«Bajo de este concepto compre henderá. V. E. que el remedio consiste unicamente en el manejo del hierro y del fuego sin que sean bastantes las amenazas; ni hai que esperar el cumplimiento de ninguna promesa, ni se deben admitir nuevas proposiciones, ya sea con pretexto de persuadir otra vez a los Indios ó con otro qualquiera… No se fiara V. E. de palabras, aun afianzadas con juramentos porque se saldran de la obligación con pretexto de la inconstancia de los Indios como lo hicieron antes…»
 
«Es muy notable la complicación de manifestarse sabidores de quanto pasaba allá dentro, conducente a excusar a sus hermanos, y suponer al mismo tiempo que los Indios tenían estrechamente cerrada la comunicación para que no supiesen nada conveniente al servicio del Rey». (133)
 
A la lesión irreparable que al favor de la Compañía causó la conducta de los misioneros del Paraguay, sumóse el efecto de quejas en Europa mismo y ante sus Cortes y sus pueblos formuladas por los vejados de la soberbia Sociedad, quien, con ser para ella tan críticos los momentos, continuaba imaginándose árbitra y soberana de todas las voluntades, y ya que no fuera capaz de perdonar a sus enemigos, no se contentaba con esperar sus ataques para responderlos, sino que solicitaba ella misma el combate con ardor inusitado, y harta de reñirlos con las personas, dirigíase contra los más respetables institutos.
—————————————————————————————————————————————–

Martin Luther KingMartin Luther King

Nadie se nos montará encima si no doblamos la espalda.
—————————————————————————————————————————————–

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s